La Cruz de Borgoña —dos ramas de aspa cruzadas, como troncos de vid sin pulir— nace en el siglo XV en la Casa de Borgoña, y se convierte en el estandarte de combate de los Tercios Españoles y de la Monarquía Católica durante casi tres siglos. No es un símbolo de nación: es anterior a la idea moderna de nación-estado. Ondeó sobre Lepanto, sobre los tercios de Flandes, y sobre los barcos que cruzaron el Atlántico y llegaron a lo que hoy es México, mucho antes de que existiera una bandera mexicana, española o de cualquier país actual.
Su forma de aspa —en diagonal, nunca recta— representaba nudos de vid sin cortar: la fe que crece torcida, resistente, imposible de arrancar de raíz. Los Tercios la llevaron a batalla convencidos de que defendían algo más grande que un territorio: una civilización entera construida sobre la fe católica.
Hoy, "nunca rota" no es nostalgia imperial. Es la afirmación de que ciertas raíces sobreviven a los imperios que las llevaron.
La Cruz de Borgoña —dos ramas de aspa cruzadas, como troncos de vid sin pulir— nace en el siglo XV en la Casa de Borgoña, y se convierte en el estandarte de combate de los Tercios Españoles y de la Monarquía Católica durante casi tres siglos. No es un símbolo de nación: es anterior a la idea moderna de nación-estado. Ondeó sobre Lepanto, sobre los tercios de Flandes, y sobre los barcos que cruzaron el Atlántico y llegaron a lo que hoy es México, mucho antes de que existiera una bandera mexicana, española o de cualquier país actual.
Su forma de aspa —en diagonal, nunca recta— representaba nudos de vid sin cortar: la fe que crece torcida, resistente, imposible de arrancar de raíz. Los Tercios la llevaron a batalla convencidos de que defendían algo más grande que un territorio: una civilización entera construida sobre la fe católica.
Hoy, "nunca rota" no es nostalgia imperial. Es la afirmación de que ciertas raíces sobreviven a los imperios que las llevaron.